Por qué debemos educar con inteligencia emocional

«Las emociones son aliadas y no hay que obligar al niño a reprimirlas»

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Entender el comportamiento del niño y saber acompañarle de forma positiva en sus emociones son, probablemente, dos de los aspectos que más preocupan a los padres. Y es que cada vez son más las familias (y también los maestros y educadores) conscientes de la importancia de educar con inteligencia emocional, pues ello repercutirá de forma positiva en la vida del niño y en sus relaciones con los demás.

De todo esto hemos hablado con Sonia Martínez Lomas, psicóloga especialista en inteligencia emocional, educadora y fundadora de los centros ‘Crece Bien’. Sonia acaba de publicar el libro ‘Descubriendo emociones’, una guía práctica que ayuda a los padres a enfrentarse de manera positiva y respetuosa a los principales contextos en los que se desenvuelven nuestros hijos.

Últimamente, el concepto «gestión emocional» parece estar de moda. ¿A qué se debe?

Es cierto que en los últimos años parece haber surgido un boom respecto al tema de las emociones y la gestión de las mismas. Los padres estamos especialmente preocupados en ayudar a nuestros hijos a gestionar de forma sana sus emociones, y a que sepan relacionarse con los demás de manera positiva.

En mi opinión, creo que esta creciente preocupación se debe, principalmente, a dos aspectos:

  • Por un lado, la moda de las empresas de ofrecer charlas y cursos a sus trabajadores sobre inteligencia emocional y trabajo en equipo. En las entrevistas de trabajo son temas que siempre salen a relucir, así como la capacidad de resiliencia y de trabajar bajo presión.

Esto hace que los padres se den cuenta de que estas habilidades son básicas para encontrar un trabajo el día de mañana, de ahí que busquen asesoramiento y apoyo para poder ofrecérselo a sus hijos desde la infancia.

  • Por otro lado, hay muchos adultos a quienes sus propias emociones les desbordan, y al darse cuenta de sus carencias tratan de impedir que a sus hijos pueda ocurrirles lo mismo. ¡Y es que convertirte en padre/madre te hace reflexionar, mirar dentro de ti y procurar siempre lo mejor para tus hijos!

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A los padres no nos gusta ver sufrir a nuestros hijos. Deseamos que siempre estén felices y tranquilos, y nos angustia que lloren o puedan sentirse mal, pues vemos en el enfado o la tristeza emociones negativas que hay que evitar a toda costa.

Pero las emociones no son positivas o negativas; si acaso, agradables o desagradables. Todas ellas son necesarias porque tienen una función y nos enseñan a vivir. Las emociones son nuestras aliadasPor ello, si nuestro hijo está enfadado, asustado o triste no podemos ignorarle u obligarle a reprimir esas emociones con frases como «los niños tienen que ser valientes y no tener miedo», «no llores, que no es para tanto», «cuando te enfadas te pones muy feo»,…»Los niños necesitan estar tristes, llorar, enfadarse… Si reprimimos o ignoramos todas esas emociones que está experimentando nuestro hijo, le estaremos dando el mensaje de que son emociones «malas» que tienen que desechar, y con ello no aprenderá jamás a gestionarlas, impactando de forma negativa en su infancia y su edad adulta, y por consiguiente en sus relaciones sociales.Mi hijo tiene celos o ha sufrido una rabieta, ¿cómo lo gestiono?

De todas las emociones que nuestros hijos pueden llegar a experimentar, los celos (en forma de peleas entre hermanos o competitividad, por poner algún ejemplo) y la ira (en forma de rabietas o explosiones incontrolables) son, quizá, las que más preocupan a los padres. No en vano, es normal sentirse en ocasiones desbordado por los acontecimientos y no saber qué hacer para que nuestro hijo se calme.

Sonia nos recuerda que estas emociones son necesarias, y que los padres no debemos cambiar la emoción en sí, sino el comportamiento que provoca. A continuación, la psicóloga nos explica paso por paso cómo afrontar este tipo de situaciones.

1) Tranquilizarnos todos

Lo primero que debemos hacer ante este tipo de situaciones es no reaccionar con nuestro cerebro más primitivo (gritando, enfadándonos, castigando…), sino tranquilizarnos todos, tanto el niño como el adulto.

Una buena forma de hacerlo es tomando distancia en ‘el rincón de la calma’, un espacio que tiene como misión que padres e hijos se relajen con aquello que les satisface. Por ejemplo, puede ser escuchando música, cocinando, leyendo un cuento, haciendo respiraciones…

Hay quien puede creer que hacer esto después de que el niño haya pegado a su hermano o nos haya levantado la voz es premiar su conducta, para nada más lejos de la realidad. Es una forma de enseñarle al niño a que no se debe actuar o tomar decisiones «en caliente», pues en esos casos no está actuando el cerebro racional.

2) Acompañamiento y amor

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El acompañamiento y contacto físico (en forma de un abrazo sincero, sostener sus manos…) también suele ayudar mucho a los niños en momentos de máxima tensión. No obstante, hay peques que prefieren que nadie les toque cuando están enfadados, y también hay que respetarlo.En este sentido, un ejercicio que siempre recomiendo hacer a las familias es que hablen con naturalidad de lo que les gusta o no les gusta que otros hagan por ellos cuando se enfadan o están tristes. Porque puede que haya quien prefiera ese abrazo, pero quizá otro prefiera que ni siquiera le hablen. Conocer de antemano lo que nuestros hijos o nuestra pareja quiere en esos momentos, nos ayudará mucho a todos.

3) Buscar soluciones

Una vez estemos calmados, debemos buscar la solución a lo que haya ocurrido. No se trata de buscar culpables o señalar los errores que haya cometido el niño, sino ver en estos una oportunidad de aprendizaje y mejora para el futuro.»Para encontrar la solución nada mejor que preguntar directamente al niño. Seguro que pensamos que es más fácil dárselo todo hecho y decirle lo que tiene que hacer para reparar ese error. Pero no estaremos preparándole para la vida»Es importante también empatizar con el niño y demostrarle con palabras que entendemos su emoción. Por ejemplo: «comprendo que te hayas enfadado tanto cuando tu amigo te ha quitado el juguete». Sin embargo, también debemos hacerle entender que ese enfado no justifica la agresión a su amigo, y es ahí cuando niño debe tomar conciencia de la situación y buscar la forma de solucionar ese error.Para ello, los padres podemos preguntarle cosas como «¿qué crees que le haría sentir bien a tu amigo después de lo que ha pasado?», «¿cómo crees que se podría solucionar lo ocurrido?»… y si no se le ocurre nada, podemos hacerle sugerencias en forma de preguntas (por ejemplo, «¿qué te parecería si…?»), para que él mismo sea quien elija el camino a seguir.

4) Anticiparnos a las situaciones

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Y por último, siempre recomiendo anticiparnos a las situaciones. En general, los padres sabemos qué cosas molestan a nuestros hijos y les hacen enfadar, y es bueno que antes de que suceda se lo anticipemos, para que ellos mismos encuentren la forma de poner remedio a la situación antes de que ocurra. Por ejemplo, si sabemos que nuestro hijo se enfada mucho cuando toca marcharse del parque y regresar a casa, podemos decirle algo así como: «se que te enfada cuando toca volver a casa, pero sabes que si vamos al parque tocará regresar después. ¿Se te ocurre que podemos hacer para que llegado ese momento no te molestes?».Un recurso que funciona muy bien es incorporar el juego en esos momentos delicados. Volviendo al ejemplo anterior, podríamos inventar con nuestro hijo el juego de volver a casa saltando baldosas, cantando, contando chistes…¿A partir de qué edad podemos poner en práctica estos consejos?

ph: bebesymas.com

No existe una edad mínima para empezar a hablar con nuestros hijos de las emociones. Igual que siendo bebés les decimos quien es papá o mamá, o les expliquemos que eso que vuela es un pajarito, debemos hablarles también de las emociones, poniendo nombre a lo que están sintiendo en cada momentoLógicamente, habrá cosas que les digamos o hagamos que no entiendan, pero poco a poco irán interiorizando. Es un trabajo constante que debemos hacer con ellos desde la cuna, incluido el fomento de su autonomía.

«Y es que hemos de tener en cuenta que fomentar la autonomía de nuestro hijo no sirve exclusivamente para que aprenda a vestirse o cepillarse los dientes solito. Va mucho más allá: estamos fortaleciendo su autoestima y dándole espacio para crecer seguro, independiente y confiado».

El hecho de animar a nuestro hijo desde pequeño a hacerse responsable de su higiene, darle su parcela de autonomía y permitirle tomar ciertas decisiones repercutirá de forma positiva en su estado anímico y en sus relaciones con los demás, pues se convertirá en un niño capaz de solucionar conflictos y enfrentarse a los problemas sin la continua aprobación del adulto.

Fuente: bebesymas.com

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